Shooting the waves - Toma 3 y Una mesa propia (danza de manos)
La semana pasada se presentó Olga Mesa, una coreógrafa multidisciplinaria que es española y reside en Francia. Tuvo tres participaciones en el festival, la presentación de su film, la de su instalación de este con devenir performático y un taller del que no puedo hablar pero me encantaría y sólo porque no me inscribí a este. Luego del preámbulo quiero arrancar con toda la madeja de reflexiones que me generó bajo la lupa de mi propio proceso creativo, a consecuencia de “Constelaciones, Paisaje y escrituras” taller en el que sí me involucré y que dirigió Giulia Palladini.
Empiezo entonces con la reverberancia de lo que fue su cortometraje. De principio creo que no sólo es un arte en video, también me parece claramente documental en la sustancia, el tiempo detenido de la pandemia, la necesidad de un espectador entonces se materializa en la lente que da el archivo, porque la actividad social se restringió pero la supervivencia necesita imaginación y hay gente que crea arte y tiene intrínseco la necesidad de colectivizar para conectar con el cosmos interior.
Para evitar llenarme de paja voy a mencionar los elementos en ambas presentaciones al público, esperando ser capaz de enlazarlos para de forma coherente alcanzar una verbalización de mi placer ante sus piezas.
1.- La oscuridad visible y exponiendo su antítesis.
2.- El papel corrugado que destella ante su ambiente.
3.-El baile. Bailar pone de manifiesto la búsqueda de su voz.
4.- El exterior. Un afuera de naturaleza rocosa, oceánica, salitrosa, tempestiva y como abandonada.
Ya con estos elementos mencionados, puedo comenzar mi traducción del paisaje de esta experiencia artística, en la que nos introdujo Olga Mesa. Voy a comenzar por el filme, la primera impresión que me produjo fue el de consiente y subconsiente, primero la oscuridad de un teatro vacío que, sin embargo, alberga la creación. Olga lúdica en la oscuridad como las autoridades habían mandado: en excepción; entonces el encierro que es lúgubre de por sí —pregúntenle a Jean Valjean, y como se lee en Los Miserables “París está siempre enseñando los diente, cuando no gruñe, ríe” —; su necesidad de Olga de continuar produciéndose para crear-compartir es poético, un poder poético que no es un lujo y es deseo, diría Audre Lorde. No es descabellado creer que se dirige sin linterna a sus profundidades siguiendo el chispazo que habita en su interior…
y aquí descubro que estaba dispuesta a interpretar absurdamente sus presentación hablando del fuego que nos seduce y aviva, soslayando la trama que viene intrínseca en ella como mujer; es común que pensemos que las mujeres somos agua, que fluimos y somos misteriosas y a veces bravas, pero también está Ofelia ahogada, las lágrimas (del índole que sean) afuera y adentro ahogan y dice Bachelard que es de las mismas aguas que deberán nacer las llamas del Amor. Y ahí veo claro, más en la performance de Una mesa propia, la trama personal y el núcleo de la presentación. Recuerdo a Jodi Cobb, una fotógrafa que retrató Venecia distorsionada en las aguas de la ciudad.
Pero hay otra misión en su performance además del obstinado no ceder y es la búsqueda de su propia voz mediante el cuerpo. Guerrera ante la decadencia del exilio. Ese momento es muy intenso porque sucede cuando atestiguamos como le escribe una carta a su madre y no sabemos a quién le escribe, habla del cuerpo, de la necesidad de darle una voz y es un momento harto poético, de una sutileza erótica que no creo haber sentido individualmente y motivada por mi reciente reencuentro con Audri Lorde, encuentro necesario para que bajo el ardor siga creando. Al fin de cuentas es un lugar oscuro y húmedo donde habita nuestro fuego creativo.
Y era su voz una orden clara: ¡Baila!, decía en la performance, como un enojo que recibe un reflector, era ella. En la oscuridad del filme su voz interpela a otros participantes, les anota que el tiempo corre, que hay que continuar para el cometido, que es no-ser-encierro, no dormirse en los laureles, hacerse movimiento. Y se obedece, sin partitura, sólo bajo su ritmo caótico, lleno de vitalidad, encabronado.
Aquí entra en juego el papel corrugado, el brillo que desprende entre la penumbra. Olga tiene la necesidad de un dispositivo que evidencie su deseo por involucrarse, por seguir enchufada y el cauce del ars longa. Su mente reconoce el confinamiento y síquicamente condiciona, entonces el cuerpo necesita recordarle que ella no es encierro, que aún en la profundidad crepuscular del subconciente que atemoriza hay una otredad que aceptada tranquiliza. Y qué fuerte fue verla cuando las luces se iban apagando para fundirla con el escenario en negro, era ella y su sombra, hasta que sólo fue una sombra, que por esta suerte de tener espectadores o no sé si hubo un artilugio o sólo fue la impresión que me sobrepasaba, se recortaba entre la totalidad del escenario su figura con un fino hilo de luz taciturna.
Entonces el dispositivo que tienta a su cuerpo, es de los elementos más importantes porque incluso en el exterior, ese que se muestra en Shooting the waves - Toma 3, es involucrado y me hace pensar que esto le brinda a este papel corrugante y brilloso un carácter de honoris causa naturaleza. De ahí que en la performance contenga una significación de exterior más elevada la apuesta que sólo la terrestre. En ese exterior que se inunda con el sonido de las olas y con la novela de Virginia Wolf y que además se adhieren a la lente de la cámara con ese residuo que empaña los lentes, un oximorón perfecto del papel transparente rojo (celofán) que menciona Saeed Pezeshk, como característica de las propuestas de Olga.
Y aprovecho esta mención para ya ir cerrando el boliche y colar una muy certera que se dio al final del videoarte: “el silencio”. Entre los comentarios del intercambio final, y bajo el recuerdo de una película de David Lynch que no he visto, se comentó la presencia del silencio y yo la vi un poco extraña, porque cierta pero enjuiciable, y aunque confío que esto sólo se debe a que no he visto dicha película, considero que, por lo menos en el performance ese silencio marcó la identidad de los sonidos con los que Olga se comunicaba, expresaba y combatía pero como gata herida volvía ahí y entonces transformaba al silencio en su igual, herido por cada elemento nada inocente en el escenario.


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